ESTHER DE JUGLARIA.

El Centro Penitenciario de Sevilla se encuentra pasando Torreblanca, un barrio alejado de todo excepto de polígonos industriales y campo. Por el camino vas dejando atrás las últimas fincas. Como una broma de humor negro, ese mismo sendero se bifurca hacia un salón de celebraciones. Lo imagino en un domingo de primavera, en mitad del ajetreo de bautizos, comuniones y bodas. Lo dejamos a un lado y continuamos adelante. A lo lejos, tras un cercado disimulado por la masa de árboles se acierta a ver una torre y unos edificios.

Llegamos en el mismo momento en que familiares, parejas y amigos vienen a despedirse de sus hombres queridos. Se terminó el permiso. El ambiente es de una mezcla de normalidad y tensión extrañas. Los funcionarios se encuentran muy atareados, por lo que debemos esperar a que pase la bulla. Veo a muchas personas con las que me cruzaría por la ciudad y ni repararía. Otras tienen una mirada que me hace desconfiar de ellas. Igual que si estuviera por Sevilla. Pero esto no es Sevilla. Es un centro penitenciario.

Traigo un montón de libros para la biblioteca que han sido donados por los amigos del ciclo de narración oral que celebré el pasado diciembre. También llevo mi maleta de cuentera, fiel compañera que desde hace más de diez años viene conmigo por colegios, bibliotecas, centros culturales, teatros. Ahora las dos vamos a un lugar que nunca hemos visitado. Estoy nerviosa. A veces puedo ser de una sensibilidad extrema que me deja sin energía. Otras tengo fuerza de leona. Espero que hoy no se dé la primera posibilidad. Quiero hacer bien mi trabajo. Contar historias. Hablarles del oficio del narrador. Que después hablemos de lo que surja. Y sobre todo, que disfruten.

Pero no estoy sola. Afortunadamente, a esta cita me acompañan voluntarios de la ONG Solidarios para el Desarrollo: Francisco, Javier, Jesús, María, Mari Carmen y María Magdalena. Un grupo tan bíblico como fantástico. Juntos atravesamos el arco detector de metales y juntos recorremos el centro hasta llegar al Pabellón de Cumplimiento, donde en espacios diferenciados llamados módulos, se encuentran los presos que están cumpliendo su condena. En este pabellón hay algunos módulos llamados “de respeto”, donde se realiza una división del trabajo en torno a una estructura democrática y participativa. Los internos de estos módulos disfrutan de una mayor autonomía, con portavoces y vocales que contribuyen al éxito de la convivencia. Puertas enormes enrejadas dividen los espacios que vamos atravesando, abriéndose y cerrándose a nuestro paso, como el aleteo de gigantescas palomas metálicas.

Ya estamos en el Aula de Cultura, de uso exclusivo para los internos en un módulo de respeto. Hoy nos encontramos con Carlos, Cristian, Isaac, Bernabé y Jose Luis. La cárcel me rompe los esquemas nada más entrar. Cristian podría pasar por el brillante alumno de universidad que lleva el grupo de teatro. Los demás podrían ser vecinos de mi barrio. Ordeno los objetos que voy a utilizar en mi sesión. Respiro hondo. Bebo agua. Nos presentamos. Hablo de cómo llegué a la cuentería y del oficio. Entonces me dispongo a contar. Para empezar, un mito de creación del mundo que protagoniza un coyote. Para narrarlo uso un títere al que le tengo especial cariño. Es un perro, regalo familiar comprado cerca del teatro más famoso de títeres de la República Checa. Coyote aulla, olisquea, se mea, se aburre, duerme… Y todo ello mientras va creando océanos, mareas, olas… Y personas. Ver a un grupo de hombretones divertirse con Coyote me llenó de alegría. En ese cuento se produjo uno de esos momentos que los cuenteros atesoramos con especial cariño. Sucedió cuando toqué el tambor oceánico, instrumento que recrea con increíble veracidad el sonido de las olas. Si puedes ir a la costa cada vez que quieras tal vez no te suponga gran cosa, pero para ellos que hace mucho que no la ven, fue como si estuvieran allí. Después le tocó el turno al cuento español de tradición oral “La niña del zurrón”, una versión propia en verso, narrada con la técnica kamishibai y unas ilustraciones preciosas del artista venezolano Jorge Planas. Los puse a cantar con la niña encerrada en el zurrón y nos echamos unas buenas risas. Llega el turno de hacer preguntas y seguimos hablando un poquito más sobre el oficio… El reloj, riguroso, marca el final del encuentro. ¡Parece que les ha gustado! Suspiro. Bebo un poco más de agua.

Nos despedimos.
Agradecimientos mutuos.
La sensación de que todo ha pasado muy rápido.
El convencimiento de que me llevo más de lo que he entregado.
El deseo de que les vaya bien en la vida, que no vuelvan allá nunca más.
La certidumbre de que en ese lugar hay demasiadas personas que han hecho demasiado poco para su condena, comparadas con demasiadas personas que han hecho demasiado y que disfrutan de una libertad que no se merecen.

Una a una, las puertas van cerrándose a nuestras espaldas. Adelante la vida no carcelaria. Los árboles se tragan la mole de cemento mientras el coche comienza a desandar el camino que lleva a Sevilla.

Rara Avis

Hace tiempo que no es dueño de su espacio
Hace tiempo que sólo puede reinar en pequeñas parcelas de tiempo,
delimitadas por otros.
El resto de su vida está acotado,
milimetrado,
planificado
por su condena.

Un horario para comer.
Un horario para dormir.
Actividades férreamente reguladas.
Y el cielo
Ese parche recortado por el patio
O por la ventana de su chabolo.

El horizonte…
El sol tragado por el mar
El olor a salitre
Las olas que juegan en el orilla
Dormir abrazado a su pareja
El cocido de su abuela

Sin embargo,
allí está.
Cada día
recuerda
lo que le llevó allí.
Ese recuerdo
que martillea su cabeza.
Esa es su mayor
condena.

Y desea con toda su alma
¡Salir!
A respirar
Llenarse bien los pulmones.
Como quien se abastece de alimentos
para una época de carestía.
Y con el pecho bien hinchado
gritar a los cuatro vientos.
Desahogarse para encontrar
alivio.

Él espera aprender de esto
porque ya sabe cómo son las reglas del juego.
Puede no haber piedad, ni compasión.
Pero él ha aprendido a encontrarlas en su interior.
Esa es su mayor victoria.
Ya conoce lo que merece y no merece la pena.
Ha dejado de de ser una víctima,
aunque algunos sólo lo vean como tal.
Ha dejado de ser un paria,
porque él es un hombre que se respeta a sí mismo.
Ni aquí ni fuera, pueden todos decir lo mismo.

Una mañana mirando el recorte azul
tuvo una sensación que le sobresaltó.
Entre sus omóplatos
empezaron a crecer unas protuberancias extrañas.

Ha pasado el tiempo
y aquella malformación ha devenido
en algo que le hace un bicho raro no sólo en prisión.

Durante el día las tiene que disimular con varias capas de ropa.
En verano esto se hace pesado porque pasa mucha calor.
Pero el esfuerzo merece la pena.
Por la noche es muy agradable.
Se queda dormido arrullado por el batir suave y
rítmico de unas alas enormes.

Cuentan que cuando salió de prisión
ya era una rara avis.
Muchas personas no le aceptaban.
Pero a él esto no le afectaba
lo más mínimo.
Porque ya sabía quién era.

Fin

Nota:
Nadie consiguió aprisionar su alma.
Fue un ser libre hasta el final de sus días.
(Dicen que enseñó a volar a más de uno.)

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