DAVID MONTERO. SIETE MANERAS DE DOBLAR LAS SÁBANAS BAJERAS.

Uno dobla las sábanas bajeras como le vio hacer a su madre. Y los calcetines, los jerseys y las camisetas. También le echa al gazpacho los mismos ingredientes e imita su manera de hacer el puchero. Parte de la perplejidad de cumplir años está en descubrir que esa forma de doblar la bajera y los calcetines, esos ingredientes de nuestro gazpacho y nuestro puchero, no son universales; que hay otras maneras y otras hijas de otras madres que doblan y cocinan a su manera. Del mismo modo, con aquellos que compartimos profesión, aficiones, vida, vamos creando una red de costumbres y desarrollamos unos modos, una retórica que parecen naturales, pero no lo son: los hemos aprendido al repetir con acierto o sin él lo que veíamos en otros. Una vez más, como con las bajeras y el gazpacho, se nos olvida que no son universales.

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El miércoles pasado participé en el aula de cultura de la cárcel de Sevilla, una de las actividades que organiza y promueve la ONG Solidarios. Como es costumbre, el invitado de ese día cuenta al resto de los participantes algo sobre su trabajo. Yo no les hablé de cómo mi madre dobla las sábanas bajeras ni de cuánto dientes de ajo le echa al gazpacho, sino de teatro. Desde el primero momento, me enfrenté a una hermosa evidencia: mi retórica y mi forma de doblar las bajeras no servían, porque no eran compartidas por todos. Busqué maneras de decirme y explicarme que no dieran nada por hecho (tantas cosas y tantas veces que damos por hecho), vi esa retórica que ha ido creciendo y acompañándome toda la vida como esos gestos que hacemos demasiado y acaban por modificar nuestro rostro. Luché con ella, intenté neutralizarla. Creo que fracasé, pero sólo el intento mereció la pena. Mientras lo hacía, hablé de mi obstinación para dedicarme al teatro a lo largo de los años: primero ante la oposición de mis padres que pensaban que con el teatro iba a ser imposible ganarme la vida; luego ante mí mismo, cuando me planteaba si realmente yo tenía algún talento para esto; y, finalmente, ante la propia vida que a base de incertidumbres económicas y vitales me ha hecho muchas veces (y las que me quedan) añorar otra vida más estable, más “normal”. Hice un canto a esa obstinación mía que me ha permitido gastar mi tiempo de “no-ocio” en algo que me apasiona y que me da felicidad. Detrás del discurso, una moraleja bienintencionada pero paternalista: “si lucháis por vuestros sueños, podéis conseguirlos”. También representé fragmentos de un monólogo que escribí hace años y que titulé “Mal en general” y todos escribieron un texto en el que me contaban su primera vez de lo que quisieron: hubo varios que me contaron su primer beso en poesía y en prosa, otro la primera vez que cogió renacuajos, otros su primer viaje en avión o en barco, otro su primera vez travestido.

Pienso ahora, que las retóricas son muchas veces, el idioma del poder, de los poderes. Y, por tanto, quienes recurrimos a ellas, somos ventrilocuos de los poderosos, propagandistas de su mentalidad, esclavos de los límites que ellos marcaron. Pero, en esas palabras que un puñado de personas escribió contando su primera vez o en el reto de decirme y explicarme sin recurrir a la retórica, brillaba como una moneda de plata en mitad de la noche, la pureza que está antes de todas las retóricas y de todo el poder, una pureza que se sostiene en la necesidad humana de nombrar para entender y compartir.

Gracias por la lección. Sigo aprendiendo.

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