Cristina Pérez de Villar, 24/2/2017

“Sólo se volverá clara tu visión cuando puedas mirar en tu propio corazón, porque quien mira hacia fuera sueña y quien mira hacia dentro, despierta…”   Carl G. Jung

Fue también dicho psicoanalista suizo-alemán, quien desarrolló una de las teorías más completas y complejas en referencia al inconsciente. Carl G. Jung decía que los símbolos o arquetipos de las distintas culturas son la totalidad de la herencia espiritual de la humanidad, reunidos dentro de lo que él llamó “el inconsciente colectivo”. En el estudio de dichos símbolos, descubre que el Mandala es una poderosa herramienta para el crecimiento y la transformación y un símbolo de integridad.

…y el viernes pasado, 24 de Febrero de 2017, el aula de cultura giró en torno a ellos…

Como invitada, Cristina Pérez de Villar, vinculada al arte como pintora y arteterapeuta, artista y muy humana de condición, con la que he tenido el gusto de coincidir en varias ocasiones y la oportunidad de asistir a sus talleres, que siempre invitan a la “conexión”.

La sesión inició con un círculo que todos los asistentes formamos a sugerencia de Cristina. Cogidos de las manos, alguno que otro algo reacio a ello, quizás preguntándose cuál era el sentido de aquello o quizás simplemente avergonzado, como nos suele ocurrir a much@s cuando nos invitan a mostrar cierta sensibilidad, haciéndonos sentir con ello más vulnerables de lo normal. No obstante, colaborativos, todos. A continuación, cerramos los ojos y nos centramos en nuestra respiración. Siguiendo las indicaciones de Cristina, íbamos observando cómo percibíamos nuestro cuerpo, en qué estábamos pensando, qué estábamos sintiendo, sin ánimo de juzgar. Por último, antes de romper el círculo, resumíamos con una palabra cómo nos sentíamos en ese momento. Me sorprendió que una gran mayoría afirmara que relajados y me pregunté qué habría podido ocurrir si hubiésemos dispuesto de más tiempo, para haber extendido la sesión y cada una de sus prácticas todo lo que merecía.

Muy brevemente, Cristina explicó la actividad y repartió los materiales, para que pudiésemos ponernos manos a la obra lo antes posible. Y así lo hicimos. Hay que decir que Cristina suele acompañar sus actividades con música que favorece la relajación, la conexión con uno mismo y con todo cuanto nos rodea, y que ello no fue posible porque ésta vez no contamos con ningún aparato donde reproducirla. No obstante y aunque fuera difícil concentrarse por los ruidos del patio, los chicos participaron de la actividad igualmente, sobre todo al final, cuando se les dio la oportunidad de mostrar qué habían creado, qué nombre habían dado a su dibujo y sobre todo, qué les hacía sentir. Las puestas en común son siempre interesantes, pero considerando la situación en la que están, yo, personalmente, valoro muchísimo su implicación y no dejo de emocionarme con cada uno de sus testimonios, muy especialmente con aquellos que abogan por el respeto a uno mismo y a cuántos nos rodean; por el respeto a las libertades de cualquier ser humano, esas de las que ningún barrote ni muro, por muy alto que sea, puede privarnos; y por la decisión de querer superarse cada día y todo el amor a uno mismo que ello implica.

Resumiendo, lo que Cristina pretendía era que pudiésemos conectarnos con nuestra respiración, con el presente y las sensaciones de nuestro cuerpo, las emociones y los pensamientos de nuestra mente racional, y colocarnos delante de la experiencia creativa en una actitud de no juicio. Y parte de las aportaciones que se hicieron, de hecho, demostraron que algunos habían sido capaces de ser conscientes de los bloqueos que habían sentido con respecto a las actividades propuestas, así como también de olvidarse por un momento de donde estaban. Muchos (vinculados al arte) coincidieron al asegurar como la actividad artística nos conecta con lo más esencial de cada persona, lugar donde cada uno encuentra su equilibrio y bienestar y que el arte era para ellos, cuanto menos, una necesidad.

Terminada la sesión, volvimos a crear el círculo y a cerrarlo con palabras como “libre”, “paz”, “feliz” y otras no tan alegres, pero igual de necesarias a la hora de expresar aquello que estamos sintiendo.

 

Agradecer a Cristina Pérez de Villar su colaboración y todo su saber puesto a nuestra disposición, a los chicos, que nos abran su espacio y su corazón y el cuidado y amor puestos en decorar el aula y colaborar en la preparación de la sesión,  y a los compañer@s voluntari@s el placer de compartir con ellos la experiencia. GRACIAS.

 

Cristina Neva, voluntaria del “Aula de Cultura” de Sevilla 1

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