Rock andaluz (2ª parte)

Al principio dije que sí, porque no sé decir que no. Admito que cuando Solidarios me propuso ir a la cárcel a dar una charla sobre el trabajo que estaba haciendo, una investigación sobre la historia del rock andaluz encaminada a escribir un libro, acepté sin saber qué iba a contar yo de una investigación inconclusa a gente a la que, probablemente, no le importara mucho el asunto, o que, incluso, podía saber del tema, por edad y experiencia, más que yo mismo. Dije que sí, también, pensando en que, tal vez, la ocasión no llegara a presentarse nunca. Que siempre habría algo más interesante que ofrecer y que yo permanecería por tiempo indefinido en el banquillo, esperando una oportunidad que, con un poco de suerte, no se produciría.

Me equivoqué. Pocos días después de mostrar mi disposición a participar en el Aula de Cultura de la prisión, Solidarios me propuso una fecha. ¡Maldición!, pensé. ¿Qué les cuento yo a esta gente? ¿Acaso les interesará el tema? ¿Y cómo me preparo yo una charla, con la de cosas que tengo que hacer y el poco tiempo que tengo?

Eran excusas, supongo. El miedo a lo desconocido, aunque miedo no es la palabra. Nunca sentí miedo por entrar en la cárcel. Ni antes, ni durante, ni, por supuesto, después. Todo lo contrario. Pero sí mucho respeto. Como periodista, siempre he respetado mucho a los lectores. Al público. Y a ellos, por supuesto, quería ofrecerles algo digno, preparármelo bien y no ir a fanfarronear de un libro que no está escrito, como si por el hecho de estar encerrados entre cuatro paredes no fueran a tener un sentido crítico de la vida y de las cosas. No es respeto al lugar, ni a lo que significa. Sino a las personas que están allí. Necesité muy poco tiempo con ellos para darme cuenta de que el respeto viaja en todas las direcciones y en seguida sentí el que ellos me profesaban y el agradecimiento que dispensaban a alguien que no conocían, por algo que, seguramente, fuera de allí no les importaría demasiado.

Iba a hablarles de música y de libertad. Sí, a la cárcel fui a hablarles de libertad. Todo un atrevimiento, probablemente. Y les hablé de la necesidad que tuvieron unos cuantos jóvenes hace cuarenta años de abrir las ventanas. Y creo que los hice viajar a otro tiempo y a otros lugares: al Nueva York de Miles Davis y Sabicas, y a una calle de Sevilla en Semana Santa, y al Lago del Serrano que inspiró a Triana con canciones que no pudieron oír completas. Y allí estaban ellos. En silencio, atentos, algunos recordando con los ojos cerrados lo que ellos mismos vivieron en algún momento de sus vidas, mientras a otros se le erizaba el vello oyendo esa música. Y agradeciéndome, de uno en uno, al final, que hubiera ido allí, a la cárcel, de donde no pueden salir, a pasar un rato con ellos.

De verdad, que el que está agradecido soy yo. Nunca había sentido tanto respeto de un auditorio hacia mí y hacia mi trabajo como el que sentí esa tarde. Se acercaban a darme la mano y desearme suerte, como si yo la necesitara más que ellos. Yo trataba de ser cortés y amable y les devolvía el agradecimiento a ellos por haber venido a escucharme. Hasta que uno de los más jóvenes me lo explicó: “No, gracias a ti. Y gracias a Solidarios. Estos ratos que pasamos en el Aula de Cultura nos quitan de estar pensando en otras cosas”.

NOTA: Me comprometí de palabra a volver cuando estuviera el libro escrito a llevar un par de ejemplares a la biblioteca de la prisión, y aquí y ahora, por escrito, reitero mi compromiso.

Ignacio Díaz Pérez – periodista

 

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